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por movimiento300

Estas elecciones nos han hecho pensar en sobre qué clase de presidente buscamos y qué clase de ciudadanos somos. El domingo recibimos con entusiasmo un ejercicio electoral con la esperanza de que más ciudadanos se animaran a participar, pero no fue así. Participó solo el 50.2% del padrón electoral. El resto decidió que era mejor no involucrarse. 


El resultado fue el menos esperado luego de ver el proceso electoral y los centros de votación. Sin embargo, a algunos cualquier resultado no nos dejaba del todo conformes y no necesariamente por los candidatos, sino por aquellos de quienes se rodearon, por quienes los llevaron hasta la candidatura, por las ideas, las propuestas y todo lo que quedaron debiendo.
Las lecciones de estos comicios son muchas. La primera es el enorme rol del manejo comunicacional. El presidente, ahora electo, ha mostrado una forma de hacer política desde la percepción en donde las ideas, propuestas, planes pasan a segundo plano y el mero discurso de romper con el bipartidismo ha contado. 


Pero además nos reforzó lo peligroso del poder: la forma de hacer política no ha sido diferente; su forma de venderse ante los ciudadanos, sí. 
Sería injusto decir que los ciudadanos cansados de los partidos políticos tradicionales dieron un voto de castigo porque no fue del todo así: el 49.8% no está tan harto como para votar.


Este 3 de febrero, de 5,268,411 ciudadanos aptos para votar, solo emitieron el sufragio 2,648,266; de este número solo 1,388,009 votaron por Bukele. Es decir que del padrón electoral solo el 26.3% eligió al ahora presidente, lo cual nos pone en una posición difícil porque lo deja sin gobernabilidad. Un presidente sin legitimidad. 


Lo que podemos afirmar a ciencia cierta es que el presidente electo tiene un camino difícil no solo porque recibe un país con una crisis social y económica alta, sino porque, además,  para llegar al poder negoció con poderes políticos fuertes, y porque su vehículo es por excelencia el partido de la corrupción y de la falta de principios. Un partido que en la teoría es de derecha pero en la práctica apoya a la izquierda, un partido que se creó con fondos de corrupción y de traiciones. 


Nada bueno podemos esperar de un presidente que ha hablado de impuestos progresivos, que como otros ataca al “neoliberalismo” pero al mismo tiempo dice ser “pro mercado”, un presidente que no recorrió territorio, no habló en medios ni participó en debates, un presidente que se dedicó a atacar al Tribunal Supremo Electoral sin haber razón aparente. Un presidente que infringió la ley el propio día de las elecciones. Las señales desde hace 10 años han estado ahí y las hemos obviado. 


Las ideas de Libertad han pasado desapercibidas en toda la campaña, ningún candidato se dignó a ser realista y proponer soluciones alcanzables. Todos decidieron adornar sus planes con lo atractivo pero para nada funcional en la práctica. Estamos ante un momento crítico. Nosotros no dudamos que la izquierda sigue gobernando y que solo ha mudado, no descartamos que los poderes políticos de siempre siguen eligiendo presidente y tomando las decisiones. El rol de los ciudadanos es ser más partícipes y críticos de lo qué pasa. El primer reto es dejar de pedir cosas y hacernos cargo de nuestras acciones porque sino trabajamos, no comemos. La libertad exige una eterna vigilancia. Hoy más un nunca debemos tomar las armas de las ideas, porque se vienen épocas difíciles.

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